VII
Habían pasado cuatro horas desde mi subida, pero yo seguía sin poder moverme ni pensar con claridad. Estaba tirado en el suelo de mi zona, hecho un ovillo. Mis abrazos, que abrazaban a mis piernas, estaban completamente dormidos, a diferencia de mí. No había pegado ojo en toda la noche. Aún retumbaba en mis oídos el sonido del disparo.
Cada segundo que pasaba estaba más convencido de que mi muerte se había producido en aquella habitación. Incluso, si me esforzaba, podía oír los gritos que me habían abordado por sorpresa en la cocina. La voz era de una mujer, pero seguía sin encontrarle sentido. Era como intentar hacer un puzzle con la mitad de las piezas perdidas. "Quizás fue un ladrón", me planteé. Pero, ¿por qué sólo me mató a mi? ¿O es que ella, a pesar del disparo, logró sobrevivir? Las preguntas sin responder inundaban mi mente con una facilidad asombrosa.
De repente, Noah apareció. Entró lentamente, pero al ver que estaba visible, acabó de atravesar la pared de un salto.
-¡Buenos días, bella durmiente! Son las ocho y media de la mañana. Aquí se suelen dormir unas seis horas, y tú ya llevas durmiendo unas cuantas horas de más, teniendo en cuenta que ayer nos acostamos temprano. -me dijo, enérgicamente.
Ella seguía pensando que yo me había rendido y no había subido a la casa. Por primera vez, reparé en lo pasada de moda que estaba su ropa, aunque para ella fuera el último grito.
-Lo siento. Será que me has pillado con sueño. -dije, sin ni siquiera intentar sonreír, pues sabía que no podría.
Noah, extrañada por mi comportamiento, se agachó lentamente hasta quedar a mi altura.
-Will, ¿pasa algo? -me preguntó, suavizando el tono.
"Quizás sería bueno contarle mis recuerdos. Al fin y al cabo, ella pasó por lo mismo" me dije, no muy convencido.
-Yo... -comencé.
Las palabras se atascaban en mi garganta, intentando salir todas a la vez.
Entonces, me encontré sollozando. Noté que algo caliente bajaba por mi mejilla.
-Recuerdos.
Eso fue lo único que fui capaz de decir.
Entonces, Noah me abrazó. La verdad es que era lo que menos me esperaba de ella.
Yo, que me consideraba fuerte, estaba llorando como un niño pequeño. Me sentía débil, indefenso, como si fuera a romperme en cualquier momento.
Casi susurrando, Noah comenzó a cantar una canción.
Me concentré en su voz. No quería pensar ni escuchar nada más. Por desgracia, esos fragmentos de memoria no eran más que unas pinceladas de lo que me quedaba por vivir.
...........
7.
Salí al jardín, con un libro bajo el brazo y me acomodé en el columpio. Entonces, me di cuenta de que
había una niña mirándome. Cuando se dio cuenta de que la había visto, salió corriendo. Su expresión era extraña. Una mezcla entre sorpresa y miedo. Y no fue la única que me observó con aquella expresión en el rostro . A lo largo de la tarde, 20 pares de ojos me habían observado a mí y a la casa, alternativamente. No quería ni imaginarme lo que pasaría cuando empezase el instituto. Para esa fecha, seguro que la noticia se había difundido por todo el pueblo. "Con un poco de suerte, mis nuevos amigos irán al mismo instituto que yo", pensé. Ingenua de mí.
"2 miembros de la familia Brook, Mr. y Mrs. Johnson, Mrs. Hellon...". La lista era enorme. Unas quince personas muertas en aquella casa. En mi casa. Me había atrevido a leer la página de internet que hablaba de aquella mansión maldita. Al parecer, no era muy actual, ya que ponía que la casa estaba abandonada. Miré a mi alrededor. Las paredes de mi cuarto ya no eran las mismas. Sólo pensar que entre esos cuatro muros había muerto otras personas se me ponían los pelos de punta.
-¡Laila, la cena! -me gritó mi madre desde la cocina.
Casi me da un infarto del susto. Las cenas con mis padres podían ser de dos tipos: geniales y entretenidas, en las que no parábamos de hablar: o incómodas y en silencio.
-¿Qué tal el día? -me pregunto mi madre.
-Bien. He conocido a un grupo de chicos de mi edad. -dije yo.
Los padres normales me harían las típicas preguntas de: "¿Dónde los has conocido? ¿Cómo se llaman? ¿Viven cerca?". Pero mis padres lo considerarían un exceso de información. Esta sería una de las cenas incómodas."Genial", pensé.
-¿Por qué nos hemos mudado precisamente a "La Casa Maldita"? -solté de golpe, sin pensar.
Mi madre casi se ahoga con el vino.
-¿Qué tontería es esa, Laila? -dijo mi padre, que empezaba a enfadarse.
-Nuestra casa es conocida t temida en todo el pueblo porque en ella se han producido numerosos asesinatos y muertes, y dicen que los espíritus de las personas que murieron siguen aquí, en nuestra tranquila y acogedora casa.
-Eso son sólo habladurías, cielo. -dijo mi madre, más recuperada. -No deberías creerte todo lo que cuentan por ahí.
-Mira Laila, si no te gusta la casa, lo entiendo. Pero si estás intentando hacer que nos mudemos, no va a funcionar. Son sólo estúpidas leyendas urbanas, nada más. Vamos a intentar tener una cena tranquila, por favor. -dijo mi padre, conteniendo su ira.
Odiaba en mal genio de mi padre, y que mi madre me tratase como a una niña de tres años. No lo soportaba más. Solté los cubiertos bruscamente, me levanté y me fui a mi cuarto ¿Querían una cena tranquila? Pues bien, deseo concedido.
7.
Salí al jardín, con un libro bajo el brazo y me acomodé en el columpio. Entonces, me di cuenta de que
había una niña mirándome. Cuando se dio cuenta de que la había visto, salió corriendo. Su expresión era extraña. Una mezcla entre sorpresa y miedo. Y no fue la única que me observó con aquella expresión en el rostro . A lo largo de la tarde, 20 pares de ojos me habían observado a mí y a la casa, alternativamente. No quería ni imaginarme lo que pasaría cuando empezase el instituto. Para esa fecha, seguro que la noticia se había difundido por todo el pueblo. "Con un poco de suerte, mis nuevos amigos irán al mismo instituto que yo", pensé. Ingenua de mí.
"2 miembros de la familia Brook, Mr. y Mrs. Johnson, Mrs. Hellon...". La lista era enorme. Unas quince personas muertas en aquella casa. En mi casa. Me había atrevido a leer la página de internet que hablaba de aquella mansión maldita. Al parecer, no era muy actual, ya que ponía que la casa estaba abandonada. Miré a mi alrededor. Las paredes de mi cuarto ya no eran las mismas. Sólo pensar que entre esos cuatro muros había muerto otras personas se me ponían los pelos de punta.
-¡Laila, la cena! -me gritó mi madre desde la cocina.
Casi me da un infarto del susto. Las cenas con mis padres podían ser de dos tipos: geniales y entretenidas, en las que no parábamos de hablar: o incómodas y en silencio.
-¿Qué tal el día? -me pregunto mi madre.
-Bien. He conocido a un grupo de chicos de mi edad. -dije yo.
Los padres normales me harían las típicas preguntas de: "¿Dónde los has conocido? ¿Cómo se llaman? ¿Viven cerca?". Pero mis padres lo considerarían un exceso de información. Esta sería una de las cenas incómodas."Genial", pensé.
-¿Por qué nos hemos mudado precisamente a "La Casa Maldita"? -solté de golpe, sin pensar.
Mi madre casi se ahoga con el vino.
-¿Qué tontería es esa, Laila? -dijo mi padre, que empezaba a enfadarse.
-Nuestra casa es conocida t temida en todo el pueblo porque en ella se han producido numerosos asesinatos y muertes, y dicen que los espíritus de las personas que murieron siguen aquí, en nuestra tranquila y acogedora casa.
-Eso son sólo habladurías, cielo. -dijo mi madre, más recuperada. -No deberías creerte todo lo que cuentan por ahí.
-Mira Laila, si no te gusta la casa, lo entiendo. Pero si estás intentando hacer que nos mudemos, no va a funcionar. Son sólo estúpidas leyendas urbanas, nada más. Vamos a intentar tener una cena tranquila, por favor. -dijo mi padre, conteniendo su ira.
Odiaba en mal genio de mi padre, y que mi madre me tratase como a una niña de tres años. No lo soportaba más. Solté los cubiertos bruscamente, me levanté y me fui a mi cuarto ¿Querían una cena tranquila? Pues bien, deseo concedido.