domingo, 22 de septiembre de 2013

Capítulo VII / 7.



     VII


Habían pasado cuatro horas desde mi subida, pero yo seguía sin poder moverme ni pensar con claridad. Estaba tirado en el suelo de mi zona, hecho un ovillo. Mis abrazos, que abrazaban a mis piernas, estaban completamente dormidos, a diferencia de mí. No había pegado ojo en toda la noche. Aún retumbaba en mis oídos el sonido del disparo.

 Cada segundo que pasaba estaba más convencido de que mi muerte se había producido en aquella habitación. Incluso, si me esforzaba, podía oír los gritos que me habían abordado por sorpresa en la cocina. La voz era de una mujer, pero seguía sin encontrarle sentido. Era como intentar hacer un puzzle con la mitad de las piezas perdidas. "Quizás fue un ladrón", me planteé. Pero, ¿por qué sólo me mató a mi? ¿O es que ella, a pesar del disparo, logró sobrevivir? Las preguntas sin responder inundaban mi mente con una facilidad asombrosa.

De repente, Noah apareció. Entró lentamente, pero al ver que estaba visible, acabó de atravesar la pared de un salto.

-¡Buenos días, bella durmiente! Son las ocho y media de la mañana. Aquí se suelen dormir unas seis horas, y tú ya llevas durmiendo unas cuantas horas de más, teniendo en cuenta que ayer nos acostamos temprano. -me dijo, enérgicamente.

Ella seguía pensando que yo me había rendido y no había subido a la casa. Por primera vez, reparé en lo pasada de moda que estaba su ropa, aunque para ella fuera el último grito.

-Lo siento. Será que me has pillado con sueño. -dije, sin ni siquiera intentar sonreír, pues sabía que no podría.

Noah, extrañada por mi comportamiento, se agachó lentamente hasta quedar a mi altura.  

-Will, ¿pasa algo? -me preguntó, suavizando el tono.

"Quizás sería bueno contarle mis recuerdos. Al fin y al cabo, ella pasó por lo mismo" me dije, no muy convencido.

-Yo... -comencé.

Las palabras se atascaban en mi garganta, intentando salir todas a la vez. 
Entonces, me encontré sollozando. Noté que algo caliente bajaba por mi mejilla.

-Recuerdos. 

Eso fue lo único que fui capaz de decir.
Entonces, Noah me abrazó. La verdad es que era lo que menos me esperaba de ella. 
Yo, que me consideraba fuerte, estaba llorando como un niño pequeño. Me sentía débil, indefenso, como si fuera a romperme en cualquier momento.

Casi susurrando, Noah comenzó a cantar una canción.

Me concentré en su voz. No quería pensar ni escuchar nada más. Por desgracia, esos fragmentos de memoria no eran más que unas pinceladas de lo que me quedaba por vivir.

...........

        7.

Salí al jardín, con un libro bajo el brazo y me acomodé en el columpio. Entonces, me di cuenta de que
había una niña mirándome. Cuando se dio cuenta de que la había visto, salió corriendo. Su expresión era extraña. Una mezcla entre sorpresa y miedo. Y no fue la única que me observó con aquella expresión en el rostro . A lo largo de la tarde, 20 pares de ojos me habían observado a mí y a la casa, alternativamente. No quería ni imaginarme lo que pasaría cuando empezase el instituto. Para esa fecha, seguro que la noticia se había difundido por todo el pueblo. "Con un poco de suerte, mis nuevos amigos irán al mismo instituto que yo", pensé. Ingenua de mí.

"2 miembros de la familia Brook, Mr. y Mrs. Johnson, Mrs. Hellon...". La lista era enorme. Unas quince personas muertas en aquella casa. En mi casa. Me había atrevido a leer la página de internet que hablaba de aquella mansión maldita. Al parecer, no era muy actual, ya que ponía que la casa estaba abandonada. Miré a mi alrededor. Las paredes de mi cuarto ya no eran las mismas. Sólo pensar que entre esos cuatro muros había muerto otras personas se me ponían los pelos de punta.

-¡Laila, la cena! -me gritó mi madre desde la cocina.

Casi me da un infarto del susto. Las cenas con mis padres podían ser de dos tipos: geniales y entretenidas, en las que no parábamos de hablar: o incómodas y en silencio.

-¿Qué tal el día? -me pregunto mi madre.

-Bien. He conocido a un grupo de chicos de mi edad. -dije yo.

Los padres normales me harían las típicas preguntas de: "¿Dónde los has conocido? ¿Cómo se llaman? ¿Viven cerca?". Pero mis padres lo considerarían un exceso de información. Esta sería una de las cenas incómodas."Genial", pensé.

-¿Por qué nos hemos mudado precisamente a "La Casa Maldita"? -solté de golpe, sin pensar.

Mi madre casi se ahoga con el vino.

-¿Qué tontería es esa, Laila? -dijo mi padre, que empezaba a enfadarse.

-Nuestra casa es conocida t temida en todo el pueblo porque en ella se han producido numerosos asesinatos y muertes, y dicen que los espíritus de las personas que murieron siguen aquí, en nuestra tranquila y acogedora casa.

-Eso son sólo habladurías, cielo. -dijo mi madre, más recuperada. -No deberías creerte todo lo que cuentan por ahí.

-Mira Laila, si no te gusta la casa, lo entiendo. Pero si estás intentando hacer que nos mudemos, no va a funcionar. Son sólo estúpidas leyendas urbanas, nada más. Vamos a intentar tener una cena tranquila, por favor. -dijo mi padre, conteniendo su ira.

Odiaba en mal genio de mi padre, y que mi madre me tratase como a una niña de tres años. No lo soportaba más. Solté los cubiertos bruscamente, me levanté y me fui a mi cuarto ¿Querían una cena tranquila? Pues bien, deseo concedido.



















        

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Capítulo VI / 6.


                       VI.

Aquella noche, sólo tenía una cosa clara: Subiría a la casa de nuevo, sin duda. Decidí no decirle nada a Noah, ya que problablemente estaría dormida. Además, si volvía a "marearme", prefería estar solo. Eran las 3:05 cuando comencé a escuchar voces y pasos. Esperé a que subieran. El sótano volvió a llenarse con su silencio característico. Sólo entonces, salí de mi zona con el gorro y la bufanda que Mike me había regalado para que nadie me reconociera. O al menos, no con la primera mirada. Recorrí los pasillos que había atravesado con Noah apenas unas horas antes hasta toparme con las escaleras. Una vez fuera, vi al grupo reunido tras un montón de arbustos. Rápida y sigilosamente, entré en la casa. Por suerte, nadie me descubrió. La pared que había atravesado era la de la cocina. Realmente, no sabía para qué había subido. Quizás a buscar respuestas. Quizás sólo por añoranza, por sentirme vivo una vez más. Pero, en cualquier caso, no podía echarme atrás después de haber conseguido la mitad de mi objetivo. Comencé a atravesar la oscura cocina cuando, de repente, una avalancha de imágenes comenzó a bombardear me. Gritos y golpes, platos que se rompían... Podía distinguir con claridad frases como:"Para ya, por favor", "Will, sube a tu cuarto, no pasa nada cielo". Pero también otras como:"Te he dicho que no me repliques". Y tras esto, un fuerte golpe. Todo se volvió negro, de pronto. Caí de rodillas, con las manos en la cara. Tenía que levantarme, me repetía a mí mismo. Levantarme y avanzar. Lentamente y casi sin fuerza, volví a ponerme de pie y, como un robot, comencé a subir las escaleras agarrando la barandilla con la poca fuerza que me quedaba. Me detuve en el segundo piso. Una habitación estaba abierta. La habitación en la que casi recuerdo algo de mi vida gracias a una simple canción. No pude contenerme, y entré. Observé las estanterías, ya repletas de libros y objetos diversos. Hacía tanto que no leía un libro... Cogí uno, al azar. "Lo leeré y mañana lo devolveré", pensé. Nadie podía imaginarse la historia que desencadenaría aquel simple pensamiento. De repente, me fijé en la cama. No estaba vacía. Una larga melena pelirroja caía en cascada desde la almohada. Era la hija. Pero seguía profundamente. Me puse rígido y tenso al descubrir que mi soledad era una simple ilusión. Al ver que no parecía querer despertarse hasta un buen rato después, me relajé. Sin embargo, aquella sensación no duró mucho. En unos segundos, una nueva oleada de imágenes inundó mi cabeza. Unas manos tocando la guitarra eléctrica, risas, un grupo de gente cantando... También había imágenes de la habitación cubierta de pósters rotos en el suelo. Tras esto, escuche un grito de ira y, a continuación, un disparo.
Esta vez, no dudé en salir corriendo de la casa, sin mirar atrás.

...........………………….…

                     6.

Me desperté tarde, con el cuerpo entumecido, y bajé a desayunar. Al final, acabé comiéndome dos galletas mojadas en leche. El grupo de gente que había conocido me invitó a ir a la piscina de Christina y Willy, que vivían no muy lejos de la casa. Subí a mi cuarto para cambiarme. Entonces, me fijé en la estantería. Había un hueco en la segunda balda. Faltaba un libro. De hecho, faltaba el primer libro de mi trilogía favorita. Estaba totalmente segura de que lo había traído. ¿Tendría algo que ver con esta casa? ¿Estaba maldita porque desaparecían objetos? De camino a la piscina, decidí que se lo contaría a mis nuevos amigos.

Cuando llegué, ya estaban todos bañándose y jugando a la pelota. Christina vino a recibirme. El agua estaba fría, pero era soportable. Tras un largo rato en la piscina, con los dedos arrugados, salimos a tomar el sol. Ese era el momento idóneo.

-¿Oye chicos, qué es lo de La Casa Maldita? ¿Habéis oído algo de ella?

-¡Claro que hemos oído hablar de ella! No está muy lejos de aquí. Lleva bastante tiempo abandonada. Por las muertes y eso. -dijo Víctor, dándole un mordisco a la manzana que se estaba comiendo.

-¡No hace tanto! Hace unos meses, una familia la alquiló para pasar unos días, como casa rural. -dijo Willy.

-Sí, y murió un miembro de la familia. En esa casa se han producido numerosas muertes. Dicen que los espíritus de los muertos siguen vagando por la casa, que está maldita, ya que no pueden abandonarla para descansar en paz. -dijo Peter, con mirada ausente y voz casi inaudible.

Quizás podía esperar a decirles dónde vivo unos días más. El comentario de Peter me había dejado helada. Seguimos hablando un rato más, aunque yo apenas lograba prestar atención. Sólo podía pensar en La Casa Maldita y lo que ese nombre significaba.

Al llegar a la puerta de mi casa, me detuve. Con una mano temblorosa, giré el picaporte. El salón y la cocina tenían el aspecto de siempre. Sin embargo, mi forma de mirar aquella casa había cambiado.

Mis padres llegaron sobre las once de la mañana y, como solían hacer, se metieron en su habitación a dormir. A veces, sentía curiosidad por saber qué hacían en sus "cenas de trabajo". Tal vez, salir a beber con sus amigos. Luego venían, se acostaban y salían cuando los signos de resaca ya no eran tan evidentes.

Me encontré la comida hecha. "Algo es algo", pensé. Comí deprisa y me puse a buscar mi libro perdido. Qué inocente. Aquel libro que aún me hace sentir sentimientos contradictorios. Debí dejarlo en el camión de la mudanza. Así no habría comenzado esta rocambolesca historia que me hizo tan feliz, pero que recuerdo con auténtico terror,


lunes, 9 de septiembre de 2013

Capítulo V / 5.

                             IX.

Nos detuvimos en frente de una de las zonas. En el cartel de la puerta, con letra temblorosa, se leía el nombre: Mike P.

-Espera aquí. -me dijo Noah, mientras atravesaba la pared.

Segundos después, saco la cabeza y me dijo que entrara.

La zona de el tal Mike era igual que las demás, pero parecía más pequeña. Esto se debía a la cantidad de objetos y artilugios que había repartidos por el suelo. Mike estaba detrás de una enorme montaña de ropa, al parecer, buscando algo.

Mike era un hombre de unos sesenta años, fornido. Su pelo era blanco, al igual que su recortada barba. Llevaba un fino jersey y unos pantalones oscuros. Tenía una pipa en la boca.

-¡Mike! -dijo Noah, dándole un abrazo. Te presento a Will. Will, este es Mike, mi abuelo.

Ahora que me fijaba mejor, sí que se parecían.

-Hola muchacho. -me dijo, dándome la mano. -Estás en la "tienda" del viejo Mike, pero por ser tú, te regalaré algo.

Y se puso a hurgar de nuevo en la montaña de ropa. Entonces, sacó un gorro y una bufanda, y me los dio.

-Muchas gracias señor, pero no hacía falta. -dije, intentando ser cordial.

-No me llames señor, por Dios. Me haces sentir viejo. -dijo riéndose y poniéndome el gorro y la bufanda.

Noah también se reía. Era un hombre afable, gracioso y simpático. El abuelo ideal.
 No sé cómo llegué a odiarlo tanto como para sentirme impotente por no poder matarle.

-¿Qué opinas de Mike? -me preguntó Noah, cuando salimos.

-Es muy simpático. -le respondí.

-Sí, es genial. La mayoría de las noches duermo con él. Me hace sentir en casa. A salvo.

Poco a poco, aquella Noah de piedra que conocí el primer día iba desapareciendo y dejando salir a la Noah simpática, risueña y soñadora. Como sí las barreras que tenía protegiendo su corazón fueran cayendo una a una.

Entonces, Emma nos llamó.

-Niños, esta noche no podéis subir con nosotros. Será peligroso. Puede que la próxima vez, cuando comprobemos que es seguro. -nos dijo.

-¡Pero Emma, queremos subir! ¡Prometemos no entorpecer la expedición! ¡Por favor! Nunca he visto la casa. -le mentí.

Quería volver. Más bien, necesitaba volver, necesitaba respuestas. Y allí abajo jamás las encontraría.

Emma se quedó pensando un momento.

-En la próxima subida. -dijo al fin.

Se me cayó el alma a los pies. Estaba furioso. Noah, sin embargo, estaba como siempre.

-Creo que me voy a dormir ya. -le dije.

-Está bien, Will. Buenas noches. -dijo, y me dio un tímido beso en la mejilla.

Aquello me desconcertó. Borró todos mis pensamientos de golpe.

Pero segundos después, recordé el plan que estaba trazando en mi cabeza. El objetivo: subir a la casa.

...............................................

                         5.

Llevaba sólo dos días aquí y ya había conocido a gente. Comenzaba a gustarme esta nueva vida. Decidí empezar a colocar libros y discos en las estanterías. Me agobiaba ver tantas cajas. Mis padres iban a asistir a una "cena de trabajo" esa noche. Dos de las veces que me dijeron lo mismo, no llegaron hasta las doce de la mañana del día siguiente. Cuando era más pequeña, contrataban a una niñera. Ya, ni se molestaban. Seguramente, cogería algo congelado para cenar, o una pizza.

No podía dejar de darle vueltas a lo que Magie me había dicho.  ¿Por qué no iba a volver  sentirme sola? ¿Pensarían lo mismo mis nuevos amigos si les dijera dónde vivo?

Terminé de colocar los libros y los discos. Ahora, la habitación era un poco más mía. Decidí coger un rato el ordenador. Entonces, al ver la barra de búsqueda de Google tuve una brillante pero terrible idea.

"La Casa Maldita" escribí. Había millones de resultados. Entonces, en la cuarta entrada, vi que salía exactamente mi dirección. Calle, número, código postal... Todo. Un escalofrío me recorrió la espalda. Cerré de golpe el ordenador y salí al jardín a leer un rato. Sólo quería salir de aquella casa. Y lo peor era que esa noche, tendría que dormir sola.

Al menos, leyendo me olvidaba un poco de mi vida, y me sumergía en otro mundo diferente. Pero en cuanto me distraía mirando la hierba, me asaltaba el recuerdo de la pesadilla que tuve.

De todas las casas que había en venta en el pueblo, tuvieron que elegir esta. Esa noche pasé miedo. Pero comparado con el miedo que me quedaba por pasar, aquello fue un simple prólogo de toda la historia que tendría que pasar. En ese momento, me encontraba intrigada, pero feliz por todos los amigos que acababa de hacer. Jamás podía imaginarme que, al final de todo, sólo conservaría a la mitad de ellos.










Capítulo IV / 4.

                  IV.

Cuando entramos en el sótano, había un grupo de personas reunido en torno a una mesa, discutiendo. Sólo reconocí a Emma y a la mujer que dió la noticia de los nuevos inquilinos. De repente, Emma se percató de nuestra presencia.

-Pero, por Dios, ¿dónde os habíais metido? -dijo ella, enojada.

Temí que quisiera una respuesta, pero por suerte, dijo:

-Acercaos, rápido. Hay noticias nuevas.

Y nos unimos al grupo de discusión. Entre los comentarios de unos y otros, me enteré de varios detalles más. Era una familia de Oxford, que vino a Londres hace dos años. Estaba formada por Elizabeth, Tom y Laila. El padre era empresarios y la madre, diseñadora de moda. No tenían mascota. Ahora, el principal dilema era: ¿Podríamos salir del sótano alguna vez?

Después de varias propuestas rechazadas, se decidió que a partir de las tres de la mañana de esta noche, saldríamos al jardín a estudiar la situación.

-Por cierto, este es Will. Llegó ayer. -dijo Emma.

Entonces, todos dejaron de hablar entre ellos y me miraron. Uno por uno, se acercaron a mí y se presentaron. Peroné vez de darme la bienvenida, todos me daban el pésame. Eran unos quince.
Poco a poco se fueron retirando, y Noah y yo nos quedamos solos. Tras unos minutos, Noah rompió el silencio.

-¿Qué te pasó antes? -me preguntó.

-¿Antes, cuándo? -le dije.

-Venga ya, Will. A mí no me engañas. Pusiste la canción de Queen y te quedaste paralizado. Casi tengo que arrastrar te por el pasillo.

-Ah, eso. No es nada. -dije, consciente de que no iba a funcionar.

Sabía que le estaba mintiendo, pero no podía explicárselo porque ni yo mismo lo entendía. Ni siquiera sé por qué puse la canción. Fue como un impulso, algo inconsciente. Y luego fue como sí todo se apagara, y sólo quedase la canción sonando y un fuerte dolor de cabeza.

-Creo que me mareé. -dije, al fin.

-¿Sabes lo que creó yo? Qué has comenzado a recordar, y esa canción te ha hecho descubrir algo importante. Pero no quieres contármelo porque no confías en mí.

-¿Qué? ¡No! ¿De dónde has sacado esa idea? ¡Por supuesto que no! ¡Aún no recuerdo nada! ¡Y claro que confío en ti! ¡Por eso te pedí precisamente a ti que subieses a la casa conmigo!

Noah seguía mirando al suelo, pero ya no parecía enfadada. Decidí cambiar de tema.

-Tú ya recuerdas tu historia completa, ¿verdad? Cuéntamela. -le pedí.

Sí, la recuerdo. Pero hay una importante regla aquí y es que, cuando alguien consigue recordar su historia completa, no se le pregunta nunca por ella. Es demasiado doloroso recordarla. -me dijo.

No lo dijo como una amenaza, sino como un requisito para formar parte de esta extraña y nueva familia.

-Vaya, lo siento. No tenía ni idea... -dije.

No sabía muy bien qué otra cosa decir. Ella se dio cuenta. Sonrió un poco y dirigió la mirada hacia mí.

-Ven, voy a presentarte a Mike. -me dijo.

Jamás podré olvidar el regalo tan insignificante que me hizo Mike, que fue indispensable para mí.

..........

                     4.

Salí de la casa con mi cámara al cuello. Siempre he pensado las fotos como recuerdos plasmados en papel. Inolvidables. ¿Quién sabe lo que podría encontrarme en el camino? A ambos lados de la calle, había casitas idénticas. Al final, estaba la Plaza del Ayuntamiento, o como la bauticé yo, la Plaza de las Tiendas. Decidí sacar la primera foto a mi calle, cuando alguien con una máscara parecida a la de V de Vendetta se me acercó por detrás.

-Esta es una calle demasiado solitaria para una chica como tú, ¿no crees? -me dijo al oído, susurrando.

Mi reacción debió ser ridícula, ya que el chico (por su voz grave) comenzó a reírse a carcajadas. Había conseguido asustarme. Tenía incluso los pelos de punta.

-Perdona, perdona. -dijo él, entre risas. -Era una prueba. Tenía que hacérselo a alguna chica y eres la única que pasaba por aquí.

Y tras hacer una reverencia, se presentó.

-¡Me llamo V! Aunque puedes llamarme Víctor. -dijo quitándose la máscara.

Acabamos riéndonos juntos.

-Yo soy Laila, encantada. -le dije.

Entonces, vi que un grupo de gente se acercaba riéndose también.

-¡Muy bien, Víctor! Atrevimiento superado. -dijo la única chica del grupo, dándole una palmada en el hombro. -Hola, soy Christina, encantada. Y estos idiotas son Peter y mi hermano pequeño, Willy. -dije, dirigiéndose a mí.

-¡Eh, no soy pequeño! ¡Ya tengo once años! -dijo el chico.

-Yo me llamo Laila, encantada. Por curiosidad, ¿a qué estáis jugando?

Acabé jugando con ellos en un parque cercano.

-A ver, a ver. Pregunta para Laila. -dijo Víctor, poniendo cara de interesante.

-Venga, Víctor, que es para hoy. -le apremió Christina.

-¿Cuál ha sido el momento más triste de tu vida? Piénsalo bien. Y tiene que ser de verdad.

Otras preguntas habían sido: "¿Cuál es tu mayor miedo? ¿A quién matarías y a quién conservarías con vida de tu familia?". Pero a mí me tocó esta pregunta. Y lo peor es que sabía perfectamente la respuesta. Intenté decirlo con la mayor naturalidad posible.

-Cuando mi hermano John murió.

Ya no se me quebraba la voz, ni lloraba al empezar la frase. Pero el dolor del pecho seguía ahí, y amenazaba con quedarse para siempre. Todos enmudecieron y me miraron. No se esperaban una respuesta así. Nadie podía habérsela esperado.

-Verdad superada. -soltó Christina, a quien le estaba muy agradecida por romper el silencio. -¿Quieres preguntar algo, Laila?

-Claro. -dije. -Willy, ¿tienes algún lunar en el cuerpo en un sitio embarazoso?

-No. -respondió él, rojo de vergüenza.

-¡Sí, sí que lo tienes! ¡Yo lo he visto! -gritó Christina.

Y todos comenzamos a reírnos a carcajadas. Incluso Peter, quien aún no había abierto la boca. Me caían bien.

Jamás podría haber imaginado la macabra historia que viviría junto a ellos.



















viernes, 6 de septiembre de 2013

Capítulo III / 3.


                                               

                                                    III.

El pasillo era interminable. O quizás, yo estaba impaciente por terminarlo. Noah y yo caminábamos sin hacer ruido, ella delante y yo detrás. Estaba tan emocionado. Necesitaba volver a respirar aire fresco. Pero claro, eso era un lujo que un muerto no podía permitirse. El problema es que apenas me acordaba. Me sentía más vivo que nunca.
Llegamos a unas escaleras, que subimos con cuidado, y Noah abrió la puerta.
De repente, la luz entró cegándonos completamente e iluminando todo el pasillo. La puerta daba al jardín. Salimos agachados, pues que la puerta era más bien una trampilla, y comenzamos a andar al ver que estaba todo despejado, hasta que acabamos corriendo hacia una de las paredes de la casa. Noah ni siquiera se detuvo antes de atravesarla. Segundos después, la atravesé yo también. La casa era enorme, con techos altos y amplias habitaciones. Aún estaban llenas de cajas por la mudanza.

-Voy a echar un vistazo. Tú espera mi señal. -me dijo Noah, susurrando.

Al cabo de unos minutos, cuando estaba empezando a cansarme de estar escondido detrás de la cortina, llegó el esperado momento.

-¡La casa está vacía! ¡No hay nadie! ¡Yuju! -gritó Noah, eufórica, dando saltos por la casa.

A mí casi me da un infarto. 
Comenzamos viendo la cocina, a medio amueblar, que era enorme. (Quizás demasiado grande para ser una cocina). Según Noah, el estilo no concordaba con la casa, pero yo no entendía de esas cosas. El salón y el baño los vimos de pasada. Estábamos impacientes por subir al piso de arriba. La primera puerta era del dormitorio principal. Había una cama de matrimonio y muchas cajas. 

-Ya sabemos que al menos dos personas viven aquí. -dijo Noah.

Pasamos el aseo y abrimos la última puerta. Era una habitación no muy grande, pero bastante luminosa. Había una cama y un montón de ropa encima, además de algunas cajas.

Noah comenzó a examinar la ropa. De repente, me di cuenta de algo.

-No lo atraviesas. Y tampoco las puertas que hemos abierto. ¿Por qué? -le pregunté.

Noah memiró, sonrió un poco y se sentó en la cama. Parecía una madre a punto de contarle un cuento a su hijo.

-Verás, esta casa es... Especial. En ella se conectan el mundo de los vivos y de los muertos. Estamos más cerca que en ningún otro lugar. Por eso, al estar dentro de ella, es como sí volviésemos a vivir. De hecho, estamos respirando en este momento, aunque nuestro corazón continúa inerte. Es complicado. -me explicó ella.

Era difícil de comprender, pero creo que lo entendí.

-Es una chica. -dijo entonces Noah, sosteniendo un vestido en alto. -O un hombre muy, pero que muy femenino.

Había diversos CDs en la mesa. The Beatles, Pink Floyd, Green day, Queen. Como sí fuera algo automático, cogí el CD de Queen y lo introduje en el equipo de música. Pista 6. Volumen máximo. "Who wants to live forever?" Inundando aquella inmensa mansión. Me senté en el suelo. Nos quedamos en silencio hasta que la canción acabó. Fue como sí estuviera ausente, hipnotizado por la música. 

-Hora de irse. -dijo Noah, al ver que yo no reaccionaba.

Me cogió la mano y, juntos, nos marchamos de allí olvidando que quedaba un tercer piso por explorar. Mi mente sólo podía concentrarse en las borrosas imágenes que pasaban por mi cabeza al ritmo de la canción. Quizás, lo mejor hubiera sido no verlas nítidas jamás.

.......

           3.

"La Casa Maldita". Las palabras de Magie se repetían una y otra vez en mi cabeza. nunca he sido muy amiga de las historias de miedo. De hecho, siempre que podía, evitaba oírlas. Y ahora resulta que mi nueva casa formaba parte de una de ellas, Una leyenda urbana, por supuesto. Aunque realmente, no había llegado a oírla entera. 

Mis padres iban hablando animadamente sobre las simpáticas vecinas que nos habían invitado. Se les veía muy felices. Hacía mucho que no los veía así. Lo que temía es que esa felicidad se esfumara a lo largo del tiempo, cuando la casa ya no sea una novedad para ellos.

Recorrimos de nuevo el jardín. Pero mi actitud había cambiado. Ahora, lo observaba con desconfianza, como si de un momento a otro, fuera a caer en una trampa. Y lo mismo la casa. Sería una mala idea descubrir por qué la llaman Casa Maldita. Pero ¿sería capaz de contener mi curiosidad?

Llegué a mi cuarto y me tiré en la cama, sin importarme la ropa que había encima. "Mañana, visitaré el pueblo" me dije, como nota mental. Decidí escuchar algo de música. En ciertos momentos, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de todo y sumergirte en un mar de palabras adornadas por 
acordes de guitarra. Es la mejor forma de aislarte del mundo, 
puesto que es imposible desaparecer. Ojalá fuera tan fácil. Para cada situación de la vida, hay una canción diferente. Ignoro sí en ese momento, "Wish you were here" era o no la canción adecuada, 


pero fue la que elegí. Sin embargo, cuando me disponía a introducir el disco, comprobé con asombro que ya había otro disco reproduciémdose, el disco de Queen. Lo extraño era que yo todavía no había escuchado ningún disco desde que llegamos. Estaba segura. Antes de que me diera tiempo a plantearme su estaba perdiendo la memoria, comenzó a sonar la canción. El volumen estaba al máximo.

Sin darme cuenta, me quedé dormida. Y soñé. No sé muy bien si fue un sueño o una pesadilla. En ella, estaba jugando con Magie al escondite. Ella se quedó contando en el jardín y yo entré en la casa para esconderme. Cuando ya estaba agachada tras el sofá, oí los pasitos de Magie, que venía a buscarme. De repente, la niña comenzó a gritar señalando las escaleras. Yo miré hacia ellas, pero no vi nada. Me acerqué a Magie para tranquilizarla, pero entonces, se desplomó en mis brazos. La tumbé en el suelo, boca arriba, y comprobé con verdadero horror que en su pecho había una mancha de sangre que se iba extendiéndose cada vez más. Me desperté de golpe, con perlas de sudor adornando mi frente. Lo mejor que podía hacer era salir de aquella casa para calmarme, así que lo hice. A pesar de todo, la imagen de Magie muerta iba a ser difícil de olvidar. 

Capítulo II / 2.

Abrí los ojos con dificultad. Estaban húmedos. Después de golpear la pared con los puños y atestarle todas las patadas posibles, fui vencido por el sueño y me había quedado dormido. No me había despertado por la luz, puesto que "mi zona" estaba formada por cuatro paredes no muy limpias, ya que se trataba de los cimientos de una casa. No era muy amplia, y mucho menos, acogedora. Intenté recapitular. "Me llamo Will. Tengo unos padres que están vivos, pero yo estoy muerto. Muerto. Y jamás volveré a vivir."pensé. Pero esta vez, no salieron lágrimas de mis ojos. Entonces recordé algo más: Nací en Escocia. Pero eso fue todo.Temiendo que, de un momento a otro, una rata irrumpiera en la estancia, salí de mi zona. No sabría explicar la sensación que produce atravesar una pared. Desde luego, no era agradable, pero tampoco molesta. Para mí era extraño, antinatural. Salí al sótano. En él había varias personas. Algunas formando grupos, otras solas. A la izquierda, observé que había un espejo antiguo y polvoriento, pero aún reflejaba la imagen con cierta claridad. En él se podía ver a un chico de unos 16 años con el pelo negro y despeinado, cuyos ojos verdes lucían, adornados por oscuras ojeras. Sus labios eran finos, y estaban faltos de color, al igual que su pálida cara. En efecto, ese chico del espejo era yo. Entonces, lo vi. En la sien izquierda había una herida de bala. No era muy grande, pero lo suficiente para fijarse en ella. Sentí un pinchazo en el pecho. Aquella era la prueba irrefutable de que todo lo que dijo Emma era verdad. Comencé a ver borroso, pero no podía apartar la vista de aquella herida que había sentenciado mi muerte.

-¿Qué esperabas? ¿No reflejarte en el espejo? No eres un vampiro, idiota.

A unos metros del espejo, se encontraba sentada la propietaria de esa voz. Un sentimiento de rabia comenzó a nacer en mi interior. Antes de que pudiese responder, ella se levantó de golpe y siguió hablando.

-Me llamo Noah -dijo poniéndose de pie de un salto y tendiéndome la mano.-La autopsia confirma que mi muerte fue natural pero yo sé que fui envenenada. Desgraciadamente, no hay una prueba tan concluyente en mi cuerpo como la tuya para saber que no fueron circunstancias normales. Tengo diecisiete años, aunque ya van sesenta y cuatro desde que fallecí. Siempre estoy por aquí, así que cuando seas capaz de volver a abrir la boca, búscame. Bienvenido al pasaje del terror.

Y poniendo una mueca, seguida de una pícara sonrisa, se alejó y se fue a su zona.
Quería gritar. Su comentario me había enfurecido, pero al contarme su historia me di cuenta de que su comportamiento era como un escudo protector, ya que podía quebrarse por dentro en cualquier momento. Nadie más pareció darse cuenta de mi presencia. Entonces, oí a una mujer que le hablaba a otras tres personas.

-Sí, sí. Los he visto esta mañana, arriba. La mudanza terminó ayer. Son tres, de buena familia, con dinero. -decía ella, con nerviosismo y hablando atropelladamente.

Mudanza. Tres personas. ¿Serían los dueños de la casa? La mujer dijo arriba, por tanto, había subido a la superficie. ¿Podría subir también yo? Entonces, la idea de volver a ver el sol me pareció realmente tentadora. Quería subir, me moría de ganas (curiosa expresión para un muerto). Pero no sabía cómo hacerlo solo. Entonces, pensé en la única persona que se atrevería en hacer una cosa así. Y, realmente, la única personas de mi edad que conocía aquí abajo. Noah.

Me dirigí a su zona. Que no hubiera puerta era un problema, pues no podía llamar ni avisar de que iba a entrar. Y dudo que me escuchara al gritar su nombre. Por lo que decidí entrar sin más. Ella misma me había dicho que la buscara. Sin embargo, la zona estaba vacía. Sólo había diversos objetos repartidos por el suelo. Una sábana, algunas monedas, unas cuantas cartas... Cartas. ¿Serían de su familia? ¿Podría comunicarme yo también así con mis padres? Sin pensar, cogí una de ellas, pero me di cuenta de que Noah no era el destinatario. Todas y cada una de las cartas iban destinadas a la misma persona, que jamás llegaría a leerlas. Su nombre: Fred Hock.

De repente, apareció Noah en la zona y la carta cayó al suelo, pero afortunadamente, ella no se dio cuenta. Sin embargo, la pregunta seguía en mi cabeza: ¿Por qué robaba cartas? Quizás estaban escritas por ella, pero no podía enviarlas. Noah estaba hecha una furia.

-¿Qué narices estás haciendo en mi zona, Will? ¿Y si hubiera estado desnuda o qué se yo? Me gusta tener intimidad, ¿sabes? Y si entras aquí cuando te da la gana, no puedo tenerla.

Estaba muy enfadada. Desde luego, era el peor momento para pedirle un favor.

-Lo siento, Noah, de verdad. Es que necesitaba hablar contigo y no sabía dónde buscarte. -dije, intentando parecer agobiado y desesperado.

No resultó muy convincente.

-¿Y bien? -dijo ella, cruzándose de brazos.

-Hay nuevos inquilinos en la casa. -me detuve, pero al ver la cara de asombro de Noah, continué rápidamente. -Son tres, tres personas. Una mujer ha subido arriba y los ha visto. Dice que son gente importante, con dinero.

Noah, asombrada, dejó caer lentamente sus brazos a ambos lados del cuerpo.

-No, no puede ser. Tiene que ser una broma. Esta casa lleva abandonada muchísimo tiempo. Es, es... imposible. -dijo pensativa, con los ojos muy abiertos.

Entonces, puse las cartas sobre la mesa. "Quien no arriesga, no gana" me dije.

-Podríamos subir a comprobarlo. Tú y yo. Para asegurarnos de que esa mujer no miente. Un vistazo y volvemos.

La suerte estaba echada.

-¿Estás loco? Podrían vernos. Cuando la casa estaba abandonada se nos permitía subir a ciertas horas, cuando no hubiese niños husmeando o gente cerca, pero ahora... ¿Lo saben los demás? ¿Lo sabe Emma? Tenemos que decírselo. -dijo, levantándose a toda prisa con intención de salir.

Entonces la cogí por el brazo. Un último intento.

-¡No, espera! ¿No te das cuenta? Esta podría ser nuestra última oportunidad de subir. Cuando el resto lo sepa, puede que no vuelvan a permitirnos subir. Aprovechémoslo. No más de cinco minutos. Nadie va a notar nuestra ausencia.

Noah se quedó en silencio, mirando al suelo unos segundos. Cuando ya estaba seguro de que su respuesta sería que no, me miró y dijo:

-Está bien.

Dos palabras. Esas dos palabras me había devuelto la ilusión. Pero, sin duda, no tenía ni idea de toda la historia que me esperaba en aquella maravillosa y traicionera casa.
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Y ahora tenía que ponerme un vestido para asistir a una absurda comida con las vecinas. Yo, que odiaba ponerme vestido y maquillarme para salir. Aunque reconozco que no soy muy agraciada, y el maquillaje mejoraba notablemente mi aspecto. Cogí el primer vestido que encontré en la maleta. Era blanco, de tirantes. Estaba adornado con un cinturón a la altura de la cintura. Según mi madre, me hacía esbelta. Me dejé el pelo suelto. Ojalá supiera hacerme trenzas, ya que mi madre no tenía tiempo  ahora de hacerme una. A todos les encantaba ver mi pelo pelirrojo trenzado. Incluso a mí.

Salimos de la casa (o mansión) y atravesamos el extenso jardín. Estaba bastante descuidado y lleno de hierbajos, pero aún así, tenía su encanto. Sería perfecto, si no fuera por los molestos insectos. "Alguna noche, vendré aquí a leer un rato" me dije. Había un columpio en la parte trasera de la casa. Ese sería un buen lugar. Probablemente, nuestra casa fuera la más grande del barrio.

La casa de Rose y Magie no era tan grande como la nuestra, ni mucho menos. Era una casita pequeña y acogedora, con un jardín no muy grande, lleno de flores de diversos tipos y colores. Parecía sacada de un cuento. Quizás de Blancanieves o de La Bella Durmiente.

Me planteé fingir dolor de cabeza para no tener que quedarme, pero mis padres se pondrían furiosos, así que decidí practicar el arte de la interpretación. Nadie lo sabía, pero cuando me lo proponía, era una maravillosa actriz.

Luces, cámara, acción.

-¡Bienvenidos, vecinos! ¡Adelante, adelante! -sonó la chillona voz de Rose a través del interfono.

Tras unos cuantos piropos y elogios, comenzamos la tediosa comida.

-¿Y cuántos años dices que tienes, guapa?

Era la tercera vez que Rose me hacía esa pregunta. Me planteé decirle una cantidad desmesurada, para comprobar si realmente me estaba escuchando, pero finalmente le dije la verdad.

-Quince, quince años. -dije, un poco más fuerte de lo normal.

Íbamos por el segundo plato. Habían preparado una ensalada César y ahora comíamos unos filetes de ternera. Preferiría mil veces estar en el instituto que repetir una comida como aquella. Desgraciadamente, estábamos de vacaciones.

-Magie, ¿por qué no le enseñas a Laila tu habitación, eh? Acabamos de pintarla. -dijo Rose, orgullosa.

La pequeña me cogió de la mano y me condujo por el pasillo sin decir ni una palabra. "Al menos, no tendré que soportar más conversaciones absurdas sobre el tiempo ni anécdotas del pasado de Rose" pensé.

La habitación era rosa. Y no digo sólo las paredes. Armarios, colcha, peluches, cortinas. Todos tenían diferentes tonos de rosa. Incluso el suelo, que estaba cubierto por una alfombra color rosa chicle.

-Qué bonito, Magie. -le dije para contentarla.

Ella, en silencio, me soltó y se sentó en la cama. Yo la imité. Comenzó a peinar cuidadosamente a una de sus muñecas. Justo cuando pensé que no la oiría hablar en todo el día, comenzó a decir:

-Tu casa es muy bonita.

Pero antes de que pudiera contestar, ella continuó.

-Es un lugar gua y. Todos los niños de mi colegio tienen miedo de venir a mi casa porque vivo cerca de  La Casa Maldita. Pero yo no tengo miedo. Te encantará vivir ahí. Así, ya no te sentirás sola.

Entonces, bajó de la cama y salió por la puerta. Yo la seguí torpemente. "¿La Casa Maldita? ¿Por qué ha dicho lo de sentirme sola? Tienen que ser tonterías. ¿Cuántos años tendrá? ¿Seis, siete? Son las típicas historias que se cuentan de las casas abandonadas" me dije, no muy convencida.

Llegamos abajo y, tras tomarnos la tarta de queso, nos despedimos y volvimos a la casa. A nuestra casa maldita, según Magie. Desde este momento, jamás he vuelto a desconfiar ni a dudar de los niños pequeños.




     

jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo I /1.


                                                                             I. Will.

No sentía nada. Ni cansancio, ni alegría, ni tristeza. Nada. Ni siquiera respiraba. Abrí los ojos de golpe y comencé a tocarme el pecho, tras levantarme apresuradamente. No latía. Mi corazón estaba parado. De repente, miré a mi alrededor. Me encontraba en un lugar oscuro, lleno de cañerías. "Una alcantarilla" pensé. Entonces, me di cuenta de que no estaba solo. Una mujer de mediana edad, con aspecto amable, escondida hasta el momento entre las sombras se acercó y me tendió la mano. La acepté. Y en ese instante en el que sus dedos se cerraron en torno a los míos, me di cuenta de que no era un sueño, como había creído desde el principio.

- ¿Cómo te llamas?- preguntó ella, con una sonrisa. Parecía tranquila, como si todo fuera normal.

Comencé a respirar con dificultad. Estaba tan confuso que me había olvidado de cómo hablar. Entonces, como una ráfaga de viento, los recuerdos comenzaron a inundar mi mente. Montones de imágenes y vivencias pasaban por mi cabeza a gran velocidad. Recuerdos que, segundos antes parecían estar borrados.

-Will. Me llamo Will.

Las palabras salieron de mi boca con voz ronca, atropelladamente. Apenas reconocía mi propia voz.

-Will, bienvenido a tu nueva casa. Me llamo Emma.- dijo entonces la mujer.

Tu nueva casa. Todo sonaba extraño, pero completamente normal. Las manos comenzaron a temblarme. Mi nueva casa. ¿Y cuál era la antigua?
Entonces, recordé que sí que tenía una casa en la que vivía con dos personas más. Mis padres. Los recordaba bien. Ella era morena, con ojos azules y profundos. Su pelo era castaño y largo, y le caía por la espalda hasta la cintura, como una cascada. Era guapa. Mi padre era rubio, con el pelo corto, barba afeitada y ojos de color marrón chocolate. Mi madre siempre bromeaba, diciendo que un día se los comería, como dos bombones. "Quizás me estén esperando aquí cerca" pensé.
Hata ese momento no me había dado cuenta de que llevaba un rato caminando, guiado por Emma y su firme mano. Ya no estábamos en el mismo lugar en el que me había despertado. Debíamos estar bajo tierra, recorriendo algunos túneles subterráneos.

-Emma, será mejor que busque a mis padres fuera de este lugar. Seguramente estarán preocupados y tengo bastantes preguntas que hacerles así que...

Ella se paró de golpe y me miró con unos ojos muy diferentes. En ellos había ¿compasión tal vez?

-Así que no sabes qué te ha pasado. - dijo lentamente.- Dios mío.

Se sentó en un escalón cercano. Parecía mareada. Pero no tanto como yo.

-Will.- me dijo. Se detuvo para encontrar las palabras adecuadas para decirlo pero, al parecer, no las encontró. - Will, estás muerto.

Lo dijo casi susurrando. "Estás muerto". Las palabras resonaron en mi cabeza. El temblor de mis manos se hizo más notable. Casi no podía respirar. Intenté calmarme, pero ¿cómo iba a calmarme ? Pero no era pena lo que sentía. Era miedo. Miedo a todo, a nada, a todos, a mí mismo. Miré hacia todos lados, esperando a que algo o alguien me indicara que esto no estaba pasando. Pero no ocurrió.
Emma me observaba en silencio, esperando el momento para hablar. Cuando al fin lo hizo, dijo:

_Will, has muerto en esta casa. -dijo señalando hacia arriba.- Y tu espíritu quedó atrapado en sus cimientos. Aquí habitamos antiguos propietarios de la casa, sobre todo, cuyo caso es el mismo que el tuyo. Tus padres no aparecieron contigo. Ellos siguen vivos.

Era como si estuviese escuchando la historia de otra persona. Emma volvió a cogerme de la mano y me llevó ( o más bien me arrastró) hasta el final del pasillo.

-No. No. No. No.

Eran las únicas palabras que conseguía articular mientras abría y cerraba el puño. Mi respiración iba cada vez más rápido. Quería pedir auxilio. Gritar. Pero no tenía voz suficiente.
Entonces, a pesar de que ella vestía ropa oscura, me di cuenta de que tenía una mancha roja en la parte baja de la espalda, del tamaño de una bala.
Comencé a mirarme los brazos y las piernas con nerviosismo, buscando también la prueba de mi muerte, pero no la encontré.
El pasillo se abrió, dando paso a un amplio sótano.
Emma me soltó por fin y me dijo:

-Will, ahora te llevaré a  un espacio en el que podrás estar solo un tiempo, para asimilar todo esto. Ten.- dijo, dándome una tiza.

En la pared de mi izquierda, había unos quince carteles con nombres diferentes. Siguiendo las indicaciones de Emma, escribí mi nombre en uno de ello, que estaba vacío.

-Ahora, vas a tener que atravesar la pared para entrar, hijo. Si necesitas algo, búscame, ¿quieres? -dijo, y se marchó.

En ese momento, me di cuenta de que Emma sería lo más parecido a una madre allí. Sin pensarlo dos veces, cerré con fuerza los ojos y me adentré en la pared.
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                                                                           1. Laila.          

No me gustaba la casa. Sin embargo, a nadie iba a importarle mi opinión al respecto. Mis padres eran los que importaban. Era demasiado grande y fría para mi gusto. Nuestra antigua casa, cargada de recuerdos y vivencias, ahora pertenecía a una pareja de franceses, ya ancianos, que se habían mudado a Oxford hacía unas semanas. La de la agencia dijo que la mudanza sería cómoda y rápida, y que era una maravillosa oferta. Así que, nos mudamos. Casa nueva, vida nueva. El problema es que yo no quería una vida nueva. Nunca he sido muy amiga de los cambios. Pero, ¿quién soy yo para discutir esa idea? Sólo la hija de los Backers. Realmente. nunca me había rebelado contra ellos, ya que sé que soy su única hija, y no voy a fallarles. No después de todo lo que ha pasado. Tenía un hermano llamado John, pero murió a los 6 años. Tenía leucemia. Quizás por eso querían cambiar de casa, precisamente para ahuyentar los dolorosos recuerdos y empezar de cero. Y aquí estábamos, en la puesta de nuestro nuevo hogar con el camión de la mudanza listo para descargar. Mi maleta no era tan grande como la de mis padres. La ropa nunca ha sido mi pasión, la verdad. Pero sí que traía cajas llenas de libros y de discos de música. Podría pasarme horas simplemente leyendo o escuchando rock.
Tras subir las escaleras, llegué a mi cuarto. Era amplio y luminoso, y estaba completamente vacío, dispuesto a ser llenado con mi esencia. Dejé las cosas y comencé a explorar un poco la casa. Al lado de mi cuarto había un aseo y, al final del pasillo, estaba la habitación de mis padres. Quizás esa fuera la habitación que menos me gustaba de la casa, ya que estaba entera pintada de fucsia. Demasiado pomposo para mi gusto. En la planta de abajo se encontraba la cocina y el comedor, además de otro baño. Lo que más me gustó de la casa fue la buhardilla. Era la parte más alta de la casa. Tenía el techo muy bajo y una gran ventana redonda que iluminaba toda la zona. Mientras admiraba las vistas al jardín desde allí, oí a mi madre que gritaba desde el salón.

- ¡Laila, baja un momento!

Bajé las escaleras, obedeciendo su orden. 36 escalones. Un número bonito. Cuando aparté la vista de la escalera, vi que mis padres no estaban solos. Eran las vecinas.

-Nosotros llevamos aquí más de 20 años. Desgraciadamente, vivimos solas mi hija y yo, porque mi marido se fue hace muchos años y ahora está en el cielo, ¿verdad que sí, terroncito de azúcar?

-Sí, mamá.

La mujer tendría unos 50 años. Era bajita y regordeta. Llevaba un recargado vestido de flores y unos zapatos de tacón amarillos. No era muy buena combinación. El terroncito de azúcar o, mejor dicho, su hija, era rubia, como su madre. Su pelo era largo y liso. Tenía unos ojos grandes y azules, que se movían con rapidez, recorriendo la entrada de la casa. Su vestido era rojo. Si hubiera tenido que hacer la película sobre la historia de Caperucita Roja, ella hubiera sido perfecta para el papel.

-Tú debes de ser Laila. -dijo la vecina con enorme sonrisa, un poco forzada. - Encantada, cielo. Yo soy Rose, y esta es mi hija, la pequeña Magie.

Y tras presentarse, me estampó dos besos cargados de pintalabios rojo.

-Encantada. -dije con una tímida sonrisa.

Nunca he sido una chica de muchas palabras, y eso no iba a cambiar.
Rose y su hija se despidieron y se marcharon, no sin antes dejar como regalo de bienvenida unas magdalenas recién hechas. Al menos, ya tenía algo para merendar.