IV.
Cuando entramos en el sótano, había un grupo de personas reunido en torno a una mesa, discutiendo. Sólo reconocí a Emma y a la mujer que dió la noticia de los nuevos inquilinos. De repente, Emma se percató de nuestra presencia.
-Pero, por Dios, ¿dónde os habíais metido? -dijo ella, enojada.
Temí que quisiera una respuesta, pero por suerte, dijo:
-Acercaos, rápido. Hay noticias nuevas.
Y nos unimos al grupo de discusión. Entre los comentarios de unos y otros, me enteré de varios detalles más. Era una familia de Oxford, que vino a Londres hace dos años. Estaba formada por Elizabeth, Tom y Laila. El padre era empresarios y la madre, diseñadora de moda. No tenían mascota. Ahora, el principal dilema era: ¿Podríamos salir del sótano alguna vez?
Después de varias propuestas rechazadas, se decidió que a partir de las tres de la mañana de esta noche, saldríamos al jardín a estudiar la situación.
-Por cierto, este es Will. Llegó ayer. -dijo Emma.
Entonces, todos dejaron de hablar entre ellos y me miraron. Uno por uno, se acercaron a mí y se presentaron. Peroné vez de darme la bienvenida, todos me daban el pésame. Eran unos quince.
Poco a poco se fueron retirando, y Noah y yo nos quedamos solos. Tras unos minutos, Noah rompió el silencio.
-¿Qué te pasó antes? -me preguntó.
-¿Antes, cuándo? -le dije.
-Venga ya, Will. A mí no me engañas. Pusiste la canción de Queen y te quedaste paralizado. Casi tengo que arrastrar te por el pasillo.
-Ah, eso. No es nada. -dije, consciente de que no iba a funcionar.
Sabía que le estaba mintiendo, pero no podía explicárselo porque ni yo mismo lo entendía. Ni siquiera sé por qué puse la canción. Fue como un impulso, algo inconsciente. Y luego fue como sí todo se apagara, y sólo quedase la canción sonando y un fuerte dolor de cabeza.
-Creo que me mareé. -dije, al fin.
-¿Sabes lo que creó yo? Qué has comenzado a recordar, y esa canción te ha hecho descubrir algo importante. Pero no quieres contármelo porque no confías en mí.
-¿Qué? ¡No! ¿De dónde has sacado esa idea? ¡Por supuesto que no! ¡Aún no recuerdo nada! ¡Y claro que confío en ti! ¡Por eso te pedí precisamente a ti que subieses a la casa conmigo!
Noah seguía mirando al suelo, pero ya no parecía enfadada. Decidí cambiar de tema.
-Tú ya recuerdas tu historia completa, ¿verdad? Cuéntamela. -le pedí.
Sí, la recuerdo. Pero hay una importante regla aquí y es que, cuando alguien consigue recordar su historia completa, no se le pregunta nunca por ella. Es demasiado doloroso recordarla. -me dijo.
No lo dijo como una amenaza, sino como un requisito para formar parte de esta extraña y nueva familia.
-Vaya, lo siento. No tenía ni idea... -dije.
No sabía muy bien qué otra cosa decir. Ella se dio cuenta. Sonrió un poco y dirigió la mirada hacia mí.
-Ven, voy a presentarte a Mike. -me dijo.
Jamás podré olvidar el regalo tan insignificante que me hizo Mike, que fue indispensable para mí.
..........
4.
Salí de la casa con mi cámara al cuello. Siempre he pensado las fotos como recuerdos plasmados en papel. Inolvidables. ¿Quién sabe lo que podría encontrarme en el camino? A ambos lados de la calle, había casitas idénticas. Al final, estaba la Plaza del Ayuntamiento, o como la bauticé yo, la Plaza de las Tiendas. Decidí sacar la primera foto a mi calle, cuando alguien con una máscara parecida a la de V de Vendetta se me acercó por detrás.
-Esta es una calle demasiado solitaria para una chica como tú, ¿no crees? -me dijo al oído, susurrando.
Mi reacción debió ser ridícula, ya que el chico (por su voz grave) comenzó a reírse a carcajadas. Había conseguido asustarme. Tenía incluso los pelos de punta.
-Perdona, perdona. -dijo él, entre risas. -Era una prueba. Tenía que hacérselo a alguna chica y eres la única que pasaba por aquí.
Y tras hacer una reverencia, se presentó.
-¡Me llamo V! Aunque puedes llamarme Víctor. -dijo quitándose la máscara.
Acabamos riéndonos juntos.
-Yo soy Laila, encantada. -le dije.
Entonces, vi que un grupo de gente se acercaba riéndose también.
-¡Muy bien, Víctor! Atrevimiento superado. -dijo la única chica del grupo, dándole una palmada en el hombro. -Hola, soy Christina, encantada. Y estos idiotas son Peter y mi hermano pequeño, Willy. -dije, dirigiéndose a mí.
-¡Eh, no soy pequeño! ¡Ya tengo once años! -dijo el chico.
-Yo me llamo Laila, encantada. Por curiosidad, ¿a qué estáis jugando?
Acabé jugando con ellos en un parque cercano.
-A ver, a ver. Pregunta para Laila. -dijo Víctor, poniendo cara de interesante.
-Venga, Víctor, que es para hoy. -le apremió Christina.
-¿Cuál ha sido el momento más triste de tu vida? Piénsalo bien. Y tiene que ser de verdad.
Otras preguntas habían sido: "¿Cuál es tu mayor miedo? ¿A quién matarías y a quién conservarías con vida de tu familia?". Pero a mí me tocó esta pregunta. Y lo peor es que sabía perfectamente la respuesta. Intenté decirlo con la mayor naturalidad posible.
-Cuando mi hermano John murió.
Ya no se me quebraba la voz, ni lloraba al empezar la frase. Pero el dolor del pecho seguía ahí, y amenazaba con quedarse para siempre. Todos enmudecieron y me miraron. No se esperaban una respuesta así. Nadie podía habérsela esperado.
-Verdad superada. -soltó Christina, a quien le estaba muy agradecida por romper el silencio. -¿Quieres preguntar algo, Laila?
-Claro. -dije. -Willy, ¿tienes algún lunar en el cuerpo en un sitio embarazoso?
-No. -respondió él, rojo de vergüenza.
-¡Sí, sí que lo tienes! ¡Yo lo he visto! -gritó Christina.
Y todos comenzamos a reírnos a carcajadas. Incluso Peter, quien aún no había abierto la boca. Me caían bien.
Jamás podría haber imaginado la macabra historia que viviría junto a ellos.
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