Abrí los ojos con dificultad. Estaban húmedos. Después de golpear la pared con los puños y atestarle todas las patadas posibles, fui vencido por el sueño y me había quedado dormido. No me había despertado por la luz, puesto que "mi zona" estaba formada por cuatro paredes no muy limpias, ya que se trataba de los cimientos de una casa. No era muy amplia, y mucho menos, acogedora. Intenté recapitular. "Me llamo Will. Tengo unos padres que están vivos, pero yo estoy muerto. Muerto. Y jamás volveré a vivir."pensé. Pero esta vez, no salieron lágrimas de mis ojos. Entonces recordé algo más: Nací en Escocia. Pero eso fue todo.Temiendo que, de un momento a otro, una rata irrumpiera en la estancia, salí de mi zona. No sabría explicar la sensación que produce atravesar una pared. Desde luego, no era agradable, pero tampoco molesta. Para mí era extraño, antinatural. Salí al sótano. En él había varias personas. Algunas formando grupos, otras solas. A la izquierda, observé que había un espejo antiguo y polvoriento, pero aún reflejaba la imagen con cierta claridad. En él se podía ver a un chico de unos 16 años con el pelo negro y despeinado, cuyos ojos verdes lucían, adornados por oscuras ojeras. Sus labios eran finos, y estaban faltos de color, al igual que su pálida cara. En efecto, ese chico del espejo era yo. Entonces, lo vi. En la sien izquierda había una herida de bala. No era muy grande, pero lo suficiente para fijarse en ella. Sentí un pinchazo en el pecho. Aquella era la prueba irrefutable de que todo lo que dijo Emma era verdad. Comencé a ver borroso, pero no podía apartar la vista de aquella herida que había sentenciado mi muerte.
-¿Qué esperabas? ¿No reflejarte en el espejo? No eres un vampiro, idiota.
A unos metros del espejo, se encontraba sentada la propietaria de esa voz. Un sentimiento de rabia comenzó a nacer en mi interior. Antes de que pudiese responder, ella se levantó de golpe y siguió hablando.
-Me llamo Noah -dijo poniéndose de pie de un salto y tendiéndome la mano.-La autopsia confirma que mi muerte fue natural pero yo sé que fui envenenada. Desgraciadamente, no hay una prueba tan concluyente en mi cuerpo como la tuya para saber que no fueron circunstancias normales. Tengo diecisiete años, aunque ya van sesenta y cuatro desde que fallecí. Siempre estoy por aquí, así que cuando seas capaz de volver a abrir la boca, búscame. Bienvenido al pasaje del terror.
Y poniendo una mueca, seguida de una pícara sonrisa, se alejó y se fue a su zona.
Quería gritar. Su comentario me había enfurecido, pero al contarme su historia me di cuenta de que su comportamiento era como un escudo protector, ya que podía quebrarse por dentro en cualquier momento. Nadie más pareció darse cuenta de mi presencia. Entonces, oí a una mujer que le hablaba a otras tres personas.
-Sí, sí. Los he visto esta mañana, arriba. La mudanza terminó ayer. Son tres, de buena familia, con dinero. -decía ella, con nerviosismo y hablando atropelladamente.
Mudanza. Tres personas. ¿Serían los dueños de la casa? La mujer dijo arriba, por tanto, había subido a la superficie. ¿Podría subir también yo? Entonces, la idea de volver a ver el sol me pareció realmente tentadora. Quería subir, me moría de ganas (curiosa expresión para un muerto). Pero no sabía cómo hacerlo solo. Entonces, pensé en la única persona que se atrevería en hacer una cosa así. Y, realmente, la única personas de mi edad que conocía aquí abajo. Noah.
Me dirigí a su zona. Que no hubiera puerta era un problema, pues no podía llamar ni avisar de que iba a entrar. Y dudo que me escuchara al gritar su nombre. Por lo que decidí entrar sin más. Ella misma me había dicho que la buscara. Sin embargo, la zona estaba vacía. Sólo había diversos objetos repartidos por el suelo. Una sábana, algunas monedas, unas cuantas cartas... Cartas. ¿Serían de su familia? ¿Podría comunicarme yo también así con mis padres? Sin pensar, cogí una de ellas, pero me di cuenta de que Noah no era el destinatario. Todas y cada una de las cartas iban destinadas a la misma persona, que jamás llegaría a leerlas. Su nombre: Fred Hock.
De repente, apareció Noah en la zona y la carta cayó al suelo, pero afortunadamente, ella no se dio cuenta. Sin embargo, la pregunta seguía en mi cabeza: ¿Por qué robaba cartas? Quizás estaban escritas por ella, pero no podía enviarlas. Noah estaba hecha una furia.
-¿Qué narices estás haciendo en mi zona, Will? ¿Y si hubiera estado desnuda o qué se yo? Me gusta tener intimidad, ¿sabes? Y si entras aquí cuando te da la gana, no puedo tenerla.
Estaba muy enfadada. Desde luego, era el peor momento para pedirle un favor.
-Lo siento, Noah, de verdad. Es que necesitaba hablar contigo y no sabía dónde buscarte. -dije, intentando parecer agobiado y desesperado.
No resultó muy convincente.
-¿Y bien? -dijo ella, cruzándose de brazos.
-Hay nuevos inquilinos en la casa. -me detuve, pero al ver la cara de asombro de Noah, continué rápidamente. -Son tres, tres personas. Una mujer ha subido arriba y los ha visto. Dice que son gente importante, con dinero.
Noah, asombrada, dejó caer lentamente sus brazos a ambos lados del cuerpo.
-No, no puede ser. Tiene que ser una broma. Esta casa lleva abandonada muchísimo tiempo. Es, es... imposible. -dijo pensativa, con los ojos muy abiertos.
Entonces, puse las cartas sobre la mesa. "Quien no arriesga, no gana" me dije.
-Podríamos subir a comprobarlo. Tú y yo. Para asegurarnos de que esa mujer no miente. Un vistazo y volvemos.
La suerte estaba echada.
-¿Estás loco? Podrían vernos. Cuando la casa estaba abandonada se nos permitía subir a ciertas horas, cuando no hubiese niños husmeando o gente cerca, pero ahora... ¿Lo saben los demás? ¿Lo sabe Emma? Tenemos que decírselo. -dijo, levantándose a toda prisa con intención de salir.
Entonces la cogí por el brazo. Un último intento.
-¡No, espera! ¿No te das cuenta? Esta podría ser nuestra última oportunidad de subir. Cuando el resto lo sepa, puede que no vuelvan a permitirnos subir. Aprovechémoslo. No más de cinco minutos. Nadie va a notar nuestra ausencia.
Noah se quedó en silencio, mirando al suelo unos segundos. Cuando ya estaba seguro de que su respuesta sería que no, me miró y dijo:
-Está bien.
Dos palabras. Esas dos palabras me había devuelto la ilusión. Pero, sin duda, no tenía ni idea de toda la historia que me esperaba en aquella maravillosa y traicionera casa.
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2.
Y ahora tenía que ponerme un vestido para asistir a una absurda comida con las vecinas. Yo, que odiaba ponerme vestido y maquillarme para salir. Aunque reconozco que no soy muy agraciada, y el maquillaje mejoraba notablemente mi aspecto. Cogí el primer vestido que encontré en la maleta. Era blanco, de tirantes. Estaba adornado con un cinturón a la altura de la cintura. Según mi madre, me hacía esbelta. Me dejé el pelo suelto. Ojalá supiera hacerme trenzas, ya que mi madre no tenía tiempo ahora de hacerme una. A todos les encantaba ver mi pelo pelirrojo trenzado. Incluso a mí.
Salimos de la casa (o mansión) y atravesamos el extenso jardín. Estaba bastante descuidado y lleno de hierbajos, pero aún así, tenía su encanto. Sería perfecto, si no fuera por los molestos insectos. "Alguna noche, vendré aquí a leer un rato" me dije. Había un columpio en la parte trasera de la casa. Ese sería un buen lugar. Probablemente, nuestra casa fuera la más grande del barrio.
La casa de Rose y Magie no era tan grande como la nuestra, ni mucho menos. Era una casita pequeña y acogedora, con un jardín no muy grande, lleno de flores de diversos tipos y colores. Parecía sacada de un cuento. Quizás de Blancanieves o de La Bella Durmiente.
Me planteé fingir dolor de cabeza para no tener que quedarme, pero mis padres se pondrían furiosos, así que decidí practicar el arte de la interpretación. Nadie lo sabía, pero cuando me lo proponía, era una maravillosa actriz.
Luces, cámara, acción.
-¡Bienvenidos, vecinos! ¡Adelante, adelante! -sonó la chillona voz de Rose a través del interfono.
Tras unos cuantos piropos y elogios, comenzamos la tediosa comida.
-¿Y cuántos años dices que tienes, guapa?
Era la tercera vez que Rose me hacía esa pregunta. Me planteé decirle una cantidad desmesurada, para comprobar si realmente me estaba escuchando, pero finalmente le dije la verdad.
-Quince, quince años. -dije, un poco más fuerte de lo normal.
Íbamos por el segundo plato. Habían preparado una ensalada César y ahora comíamos unos filetes de ternera. Preferiría mil veces estar en el instituto que repetir una comida como aquella. Desgraciadamente, estábamos de vacaciones.
-Magie, ¿por qué no le enseñas a Laila tu habitación, eh? Acabamos de pintarla. -dijo Rose, orgullosa.
La pequeña me cogió de la mano y me condujo por el pasillo sin decir ni una palabra. "Al menos, no tendré que soportar más conversaciones absurdas sobre el tiempo ni anécdotas del pasado de Rose" pensé.
La habitación era rosa. Y no digo sólo las paredes. Armarios, colcha, peluches, cortinas. Todos tenían diferentes tonos de rosa. Incluso el suelo, que estaba cubierto por una alfombra color rosa chicle.
-Qué bonito, Magie. -le dije para contentarla.
Ella, en silencio, me soltó y se sentó en la cama. Yo la imité. Comenzó a peinar cuidadosamente a una de sus muñecas. Justo cuando pensé que no la oiría hablar en todo el día, comenzó a decir:
-Tu casa es muy bonita.
Pero antes de que pudiera contestar, ella continuó.
-Es un lugar gua y. Todos los niños de mi colegio tienen miedo de venir a mi casa porque vivo cerca de La Casa Maldita. Pero yo no tengo miedo. Te encantará vivir ahí. Así, ya no te sentirás sola.
Entonces, bajó de la cama y salió por la puerta. Yo la seguí torpemente. "¿La Casa Maldita? ¿Por qué ha dicho lo de sentirme sola? Tienen que ser tonterías. ¿Cuántos años tendrá? ¿Seis, siete? Son las típicas historias que se cuentan de las casas abandonadas" me dije, no muy convencida.
Llegamos abajo y, tras tomarnos la tarta de queso, nos despedimos y volvimos a la casa. A nuestra casa maldita, según Magie. Desde este momento, jamás he vuelto a desconfiar ni a dudar de los niños pequeños.
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