IX.
Nos detuvimos en frente de una de las zonas. En el cartel de la puerta, con letra temblorosa, se leía el nombre: Mike P.
-Espera aquí. -me dijo Noah, mientras atravesaba la pared.
Segundos después, saco la cabeza y me dijo que entrara.
La zona de el tal Mike era igual que las demás, pero parecía más pequeña. Esto se debía a la cantidad de objetos y artilugios que había repartidos por el suelo. Mike estaba detrás de una enorme montaña de ropa, al parecer, buscando algo.
Mike era un hombre de unos sesenta años, fornido. Su pelo era blanco, al igual que su recortada barba. Llevaba un fino jersey y unos pantalones oscuros. Tenía una pipa en la boca.
-¡Mike! -dijo Noah, dándole un abrazo. Te presento a Will. Will, este es Mike, mi abuelo.
Ahora que me fijaba mejor, sí que se parecían.
-Hola muchacho. -me dijo, dándome la mano. -Estás en la "tienda" del viejo Mike, pero por ser tú, te regalaré algo.
Y se puso a hurgar de nuevo en la montaña de ropa. Entonces, sacó un gorro y una bufanda, y me los dio.
-Muchas gracias señor, pero no hacía falta. -dije, intentando ser cordial.
-No me llames señor, por Dios. Me haces sentir viejo. -dijo riéndose y poniéndome el gorro y la bufanda.
Noah también se reía. Era un hombre afable, gracioso y simpático. El abuelo ideal.
No sé cómo llegué a odiarlo tanto como para sentirme impotente por no poder matarle.
-¿Qué opinas de Mike? -me preguntó Noah, cuando salimos.
-Es muy simpático. -le respondí.
-Sí, es genial. La mayoría de las noches duermo con él. Me hace sentir en casa. A salvo.
Poco a poco, aquella Noah de piedra que conocí el primer día iba desapareciendo y dejando salir a la Noah simpática, risueña y soñadora. Como sí las barreras que tenía protegiendo su corazón fueran cayendo una a una.
Entonces, Emma nos llamó.
-Niños, esta noche no podéis subir con nosotros. Será peligroso. Puede que la próxima vez, cuando comprobemos que es seguro. -nos dijo.
-¡Pero Emma, queremos subir! ¡Prometemos no entorpecer la expedición! ¡Por favor! Nunca he visto la casa. -le mentí.
Quería volver. Más bien, necesitaba volver, necesitaba respuestas. Y allí abajo jamás las encontraría.
Emma se quedó pensando un momento.
-En la próxima subida. -dijo al fin.
Se me cayó el alma a los pies. Estaba furioso. Noah, sin embargo, estaba como siempre.
-Creo que me voy a dormir ya. -le dije.
-Está bien, Will. Buenas noches. -dijo, y me dio un tímido beso en la mejilla.
Aquello me desconcertó. Borró todos mis pensamientos de golpe.
Pero segundos después, recordé el plan que estaba trazando en mi cabeza. El objetivo: subir a la casa.
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5.
Llevaba sólo dos días aquí y ya había conocido a gente. Comenzaba a gustarme esta nueva vida. Decidí empezar a colocar libros y discos en las estanterías. Me agobiaba ver tantas cajas. Mis padres iban a asistir a una "cena de trabajo" esa noche. Dos de las veces que me dijeron lo mismo, no llegaron hasta las doce de la mañana del día siguiente. Cuando era más pequeña, contrataban a una niñera. Ya, ni se molestaban. Seguramente, cogería algo congelado para cenar, o una pizza.
No podía dejar de darle vueltas a lo que Magie me había dicho. ¿Por qué no iba a volver sentirme sola? ¿Pensarían lo mismo mis nuevos amigos si les dijera dónde vivo?
Terminé de colocar los libros y los discos. Ahora, la habitación era un poco más mía. Decidí coger un rato el ordenador. Entonces, al ver la barra de búsqueda de Google tuve una brillante pero terrible idea.
"La Casa Maldita" escribí. Había millones de resultados. Entonces, en la cuarta entrada, vi que salía exactamente mi dirección. Calle, número, código postal... Todo. Un escalofrío me recorrió la espalda. Cerré de golpe el ordenador y salí al jardín a leer un rato. Sólo quería salir de aquella casa. Y lo peor era que esa noche, tendría que dormir sola.
Al menos, leyendo me olvidaba un poco de mi vida, y me sumergía en otro mundo diferente. Pero en cuanto me distraía mirando la hierba, me asaltaba el recuerdo de la pesadilla que tuve.
De todas las casas que había en venta en el pueblo, tuvieron que elegir esta. Esa noche pasé miedo. Pero comparado con el miedo que me quedaba por pasar, aquello fue un simple prólogo de toda la historia que tendría que pasar. En ese momento, me encontraba intrigada, pero feliz por todos los amigos que acababa de hacer. Jamás podía imaginarme que, al final de todo, sólo conservaría a la mitad de ellos.
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