Esta es la historia de un chico y la historia de una chica. Estas historias están entrelazadas, pero jamás podrán estar unidas, ¿o sí?
jueves, 5 de septiembre de 2013
Capítulo I /1.
I. Will.
No sentía nada. Ni cansancio, ni alegría, ni tristeza. Nada. Ni siquiera respiraba. Abrí los ojos de golpe y comencé a tocarme el pecho, tras levantarme apresuradamente. No latía. Mi corazón estaba parado. De repente, miré a mi alrededor. Me encontraba en un lugar oscuro, lleno de cañerías. "Una alcantarilla" pensé. Entonces, me di cuenta de que no estaba solo. Una mujer de mediana edad, con aspecto amable, escondida hasta el momento entre las sombras se acercó y me tendió la mano. La acepté. Y en ese instante en el que sus dedos se cerraron en torno a los míos, me di cuenta de que no era un sueño, como había creído desde el principio.
- ¿Cómo te llamas?- preguntó ella, con una sonrisa. Parecía tranquila, como si todo fuera normal.
Comencé a respirar con dificultad. Estaba tan confuso que me había olvidado de cómo hablar. Entonces, como una ráfaga de viento, los recuerdos comenzaron a inundar mi mente. Montones de imágenes y vivencias pasaban por mi cabeza a gran velocidad. Recuerdos que, segundos antes parecían estar borrados.
-Will. Me llamo Will.
Las palabras salieron de mi boca con voz ronca, atropelladamente. Apenas reconocía mi propia voz.
-Will, bienvenido a tu nueva casa. Me llamo Emma.- dijo entonces la mujer.
Tu nueva casa. Todo sonaba extraño, pero completamente normal. Las manos comenzaron a temblarme. Mi nueva casa. ¿Y cuál era la antigua?
Entonces, recordé que sí que tenía una casa en la que vivía con dos personas más. Mis padres. Los recordaba bien. Ella era morena, con ojos azules y profundos. Su pelo era castaño y largo, y le caía por la espalda hasta la cintura, como una cascada. Era guapa. Mi padre era rubio, con el pelo corto, barba afeitada y ojos de color marrón chocolate. Mi madre siempre bromeaba, diciendo que un día se los comería, como dos bombones. "Quizás me estén esperando aquí cerca" pensé.
Hata ese momento no me había dado cuenta de que llevaba un rato caminando, guiado por Emma y su firme mano. Ya no estábamos en el mismo lugar en el que me había despertado. Debíamos estar bajo tierra, recorriendo algunos túneles subterráneos.
-Emma, será mejor que busque a mis padres fuera de este lugar. Seguramente estarán preocupados y tengo bastantes preguntas que hacerles así que...
Ella se paró de golpe y me miró con unos ojos muy diferentes. En ellos había ¿compasión tal vez?
-Así que no sabes qué te ha pasado. - dijo lentamente.- Dios mío.
Se sentó en un escalón cercano. Parecía mareada. Pero no tanto como yo.
-Will.- me dijo. Se detuvo para encontrar las palabras adecuadas para decirlo pero, al parecer, no las encontró. - Will, estás muerto.
Lo dijo casi susurrando. "Estás muerto". Las palabras resonaron en mi cabeza. El temblor de mis manos se hizo más notable. Casi no podía respirar. Intenté calmarme, pero ¿cómo iba a calmarme ? Pero no era pena lo que sentía. Era miedo. Miedo a todo, a nada, a todos, a mí mismo. Miré hacia todos lados, esperando a que algo o alguien me indicara que esto no estaba pasando. Pero no ocurrió.
Emma me observaba en silencio, esperando el momento para hablar. Cuando al fin lo hizo, dijo:
_Will, has muerto en esta casa. -dijo señalando hacia arriba.- Y tu espíritu quedó atrapado en sus cimientos. Aquí habitamos antiguos propietarios de la casa, sobre todo, cuyo caso es el mismo que el tuyo. Tus padres no aparecieron contigo. Ellos siguen vivos.
Era como si estuviese escuchando la historia de otra persona. Emma volvió a cogerme de la mano y me llevó ( o más bien me arrastró) hasta el final del pasillo.
-No. No. No. No.
Eran las únicas palabras que conseguía articular mientras abría y cerraba el puño. Mi respiración iba cada vez más rápido. Quería pedir auxilio. Gritar. Pero no tenía voz suficiente.
Entonces, a pesar de que ella vestía ropa oscura, me di cuenta de que tenía una mancha roja en la parte baja de la espalda, del tamaño de una bala.
Comencé a mirarme los brazos y las piernas con nerviosismo, buscando también la prueba de mi muerte, pero no la encontré.
El pasillo se abrió, dando paso a un amplio sótano.
Emma me soltó por fin y me dijo:
-Will, ahora te llevaré a un espacio en el que podrás estar solo un tiempo, para asimilar todo esto. Ten.- dijo, dándome una tiza.
En la pared de mi izquierda, había unos quince carteles con nombres diferentes. Siguiendo las indicaciones de Emma, escribí mi nombre en uno de ello, que estaba vacío.
-Ahora, vas a tener que atravesar la pared para entrar, hijo. Si necesitas algo, búscame, ¿quieres? -dijo, y se marchó.
En ese momento, me di cuenta de que Emma sería lo más parecido a una madre allí. Sin pensarlo dos veces, cerré con fuerza los ojos y me adentré en la pared.
..................................................................................................................................................................
1. Laila.
No me gustaba la casa. Sin embargo, a nadie iba a importarle mi opinión al respecto. Mis padres eran los que importaban. Era demasiado grande y fría para mi gusto. Nuestra antigua casa, cargada de recuerdos y vivencias, ahora pertenecía a una pareja de franceses, ya ancianos, que se habían mudado a Oxford hacía unas semanas. La de la agencia dijo que la mudanza sería cómoda y rápida, y que era una maravillosa oferta. Así que, nos mudamos. Casa nueva, vida nueva. El problema es que yo no quería una vida nueva. Nunca he sido muy amiga de los cambios. Pero, ¿quién soy yo para discutir esa idea? Sólo la hija de los Backers. Realmente. nunca me había rebelado contra ellos, ya que sé que soy su única hija, y no voy a fallarles. No después de todo lo que ha pasado. Tenía un hermano llamado John, pero murió a los 6 años. Tenía leucemia. Quizás por eso querían cambiar de casa, precisamente para ahuyentar los dolorosos recuerdos y empezar de cero. Y aquí estábamos, en la puesta de nuestro nuevo hogar con el camión de la mudanza listo para descargar. Mi maleta no era tan grande como la de mis padres. La ropa nunca ha sido mi pasión, la verdad. Pero sí que traía cajas llenas de libros y de discos de música. Podría pasarme horas simplemente leyendo o escuchando rock.
Tras subir las escaleras, llegué a mi cuarto. Era amplio y luminoso, y estaba completamente vacío, dispuesto a ser llenado con mi esencia. Dejé las cosas y comencé a explorar un poco la casa. Al lado de mi cuarto había un aseo y, al final del pasillo, estaba la habitación de mis padres. Quizás esa fuera la habitación que menos me gustaba de la casa, ya que estaba entera pintada de fucsia. Demasiado pomposo para mi gusto. En la planta de abajo se encontraba la cocina y el comedor, además de otro baño. Lo que más me gustó de la casa fue la buhardilla. Era la parte más alta de la casa. Tenía el techo muy bajo y una gran ventana redonda que iluminaba toda la zona. Mientras admiraba las vistas al jardín desde allí, oí a mi madre que gritaba desde el salón.
- ¡Laila, baja un momento!
Bajé las escaleras, obedeciendo su orden. 36 escalones. Un número bonito. Cuando aparté la vista de la escalera, vi que mis padres no estaban solos. Eran las vecinas.
-Nosotros llevamos aquí más de 20 años. Desgraciadamente, vivimos solas mi hija y yo, porque mi marido se fue hace muchos años y ahora está en el cielo, ¿verdad que sí, terroncito de azúcar?
-Sí, mamá.
La mujer tendría unos 50 años. Era bajita y regordeta. Llevaba un recargado vestido de flores y unos zapatos de tacón amarillos. No era muy buena combinación. El terroncito de azúcar o, mejor dicho, su hija, era rubia, como su madre. Su pelo era largo y liso. Tenía unos ojos grandes y azules, que se movían con rapidez, recorriendo la entrada de la casa. Su vestido era rojo. Si hubiera tenido que hacer la película sobre la historia de Caperucita Roja, ella hubiera sido perfecta para el papel.
-Tú debes de ser Laila. -dijo la vecina con enorme sonrisa, un poco forzada. - Encantada, cielo. Yo soy Rose, y esta es mi hija, la pequeña Magie.
Y tras presentarse, me estampó dos besos cargados de pintalabios rojo.
-Encantada. -dije con una tímida sonrisa.
Nunca he sido una chica de muchas palabras, y eso no iba a cambiar.
Rose y su hija se despidieron y se marcharon, no sin antes dejar como regalo de bienvenida unas magdalenas recién hechas. Al menos, ya tenía algo para merendar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario