miércoles, 11 de septiembre de 2013

Capítulo VI / 6.


                       VI.

Aquella noche, sólo tenía una cosa clara: Subiría a la casa de nuevo, sin duda. Decidí no decirle nada a Noah, ya que problablemente estaría dormida. Además, si volvía a "marearme", prefería estar solo. Eran las 3:05 cuando comencé a escuchar voces y pasos. Esperé a que subieran. El sótano volvió a llenarse con su silencio característico. Sólo entonces, salí de mi zona con el gorro y la bufanda que Mike me había regalado para que nadie me reconociera. O al menos, no con la primera mirada. Recorrí los pasillos que había atravesado con Noah apenas unas horas antes hasta toparme con las escaleras. Una vez fuera, vi al grupo reunido tras un montón de arbustos. Rápida y sigilosamente, entré en la casa. Por suerte, nadie me descubrió. La pared que había atravesado era la de la cocina. Realmente, no sabía para qué había subido. Quizás a buscar respuestas. Quizás sólo por añoranza, por sentirme vivo una vez más. Pero, en cualquier caso, no podía echarme atrás después de haber conseguido la mitad de mi objetivo. Comencé a atravesar la oscura cocina cuando, de repente, una avalancha de imágenes comenzó a bombardear me. Gritos y golpes, platos que se rompían... Podía distinguir con claridad frases como:"Para ya, por favor", "Will, sube a tu cuarto, no pasa nada cielo". Pero también otras como:"Te he dicho que no me repliques". Y tras esto, un fuerte golpe. Todo se volvió negro, de pronto. Caí de rodillas, con las manos en la cara. Tenía que levantarme, me repetía a mí mismo. Levantarme y avanzar. Lentamente y casi sin fuerza, volví a ponerme de pie y, como un robot, comencé a subir las escaleras agarrando la barandilla con la poca fuerza que me quedaba. Me detuve en el segundo piso. Una habitación estaba abierta. La habitación en la que casi recuerdo algo de mi vida gracias a una simple canción. No pude contenerme, y entré. Observé las estanterías, ya repletas de libros y objetos diversos. Hacía tanto que no leía un libro... Cogí uno, al azar. "Lo leeré y mañana lo devolveré", pensé. Nadie podía imaginarse la historia que desencadenaría aquel simple pensamiento. De repente, me fijé en la cama. No estaba vacía. Una larga melena pelirroja caía en cascada desde la almohada. Era la hija. Pero seguía profundamente. Me puse rígido y tenso al descubrir que mi soledad era una simple ilusión. Al ver que no parecía querer despertarse hasta un buen rato después, me relajé. Sin embargo, aquella sensación no duró mucho. En unos segundos, una nueva oleada de imágenes inundó mi cabeza. Unas manos tocando la guitarra eléctrica, risas, un grupo de gente cantando... También había imágenes de la habitación cubierta de pósters rotos en el suelo. Tras esto, escuche un grito de ira y, a continuación, un disparo.
Esta vez, no dudé en salir corriendo de la casa, sin mirar atrás.

...........………………….…

                     6.

Me desperté tarde, con el cuerpo entumecido, y bajé a desayunar. Al final, acabé comiéndome dos galletas mojadas en leche. El grupo de gente que había conocido me invitó a ir a la piscina de Christina y Willy, que vivían no muy lejos de la casa. Subí a mi cuarto para cambiarme. Entonces, me fijé en la estantería. Había un hueco en la segunda balda. Faltaba un libro. De hecho, faltaba el primer libro de mi trilogía favorita. Estaba totalmente segura de que lo había traído. ¿Tendría algo que ver con esta casa? ¿Estaba maldita porque desaparecían objetos? De camino a la piscina, decidí que se lo contaría a mis nuevos amigos.

Cuando llegué, ya estaban todos bañándose y jugando a la pelota. Christina vino a recibirme. El agua estaba fría, pero era soportable. Tras un largo rato en la piscina, con los dedos arrugados, salimos a tomar el sol. Ese era el momento idóneo.

-¿Oye chicos, qué es lo de La Casa Maldita? ¿Habéis oído algo de ella?

-¡Claro que hemos oído hablar de ella! No está muy lejos de aquí. Lleva bastante tiempo abandonada. Por las muertes y eso. -dijo Víctor, dándole un mordisco a la manzana que se estaba comiendo.

-¡No hace tanto! Hace unos meses, una familia la alquiló para pasar unos días, como casa rural. -dijo Willy.

-Sí, y murió un miembro de la familia. En esa casa se han producido numerosas muertes. Dicen que los espíritus de los muertos siguen vagando por la casa, que está maldita, ya que no pueden abandonarla para descansar en paz. -dijo Peter, con mirada ausente y voz casi inaudible.

Quizás podía esperar a decirles dónde vivo unos días más. El comentario de Peter me había dejado helada. Seguimos hablando un rato más, aunque yo apenas lograba prestar atención. Sólo podía pensar en La Casa Maldita y lo que ese nombre significaba.

Al llegar a la puerta de mi casa, me detuve. Con una mano temblorosa, giré el picaporte. El salón y la cocina tenían el aspecto de siempre. Sin embargo, mi forma de mirar aquella casa había cambiado.

Mis padres llegaron sobre las once de la mañana y, como solían hacer, se metieron en su habitación a dormir. A veces, sentía curiosidad por saber qué hacían en sus "cenas de trabajo". Tal vez, salir a beber con sus amigos. Luego venían, se acostaban y salían cuando los signos de resaca ya no eran tan evidentes.

Me encontré la comida hecha. "Algo es algo", pensé. Comí deprisa y me puse a buscar mi libro perdido. Qué inocente. Aquel libro que aún me hace sentir sentimientos contradictorios. Debí dejarlo en el camión de la mudanza. Así no habría comenzado esta rocambolesca historia que me hizo tan feliz, pero que recuerdo con auténtico terror,


1 comentario: